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Estilos de crianza: El impacto en el desarrollo

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Equipo Doctoralia Terapia

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13 julio 2026


Artículo revisado por:
Matias Regaldo Gutierrez
Matias Regaldo Gutierrez
Psicólogo General Sanitario
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Ideas clave de este artículo:
  • Los estilos de crianza combinan dos dimensiones: el afecto o responsividad y el control o exigencia, y ambas son necesarias.
  • Se distinguen cuatro estilos: democrático o autoritativo, autoritario, permisivo y negligente; este último es el que plantea más riesgos.
  • Los niños aprenden tanto de lo que sus padres dicen como de lo que les ven hacer en el día a día.
  • El límite tiene dos caras: la norma que frena la conducta y la contención que acoge la emoción.
  • Crianza positiva no significa ausencia de autoridad, sino ejercerla sin humillar, intimidar ni maltratar.

La crianza es mucho más que decidir cómo corregir una conducta, establecer horarios o determinar qué está permitido y qué no.

La familia es el primer espacio en el que un niño aprende cómo relacionarse con los demás, cómo expresar lo que siente, cómo afrontar los conflictos, cómo pedir ayuda, cómo tolerar una frustración y también qué significa querer y ser querido.

Por eso, hablar de estilos de crianza no consiste únicamente en elegir entre diferentes maneras de educar. Implica preguntarnos qué estamos enseñando con nuestras palabras, pero también qué estamos enseñando con nuestras propias conductas.

Un padre puede decirle a su hijo que no se grita, que no se insulta o que no se pega. Pero si ese mismo niño observa cotidianamente que sus padres resuelven sus desacuerdos a gritos, con insultos, amenazas o portazos, existe una contradicción que ninguna explicación verbal puede compensar completamente.

La crianza sucede también —y muchas veces fundamentalmente— a través del ejemplo.

¿Qué son los estilos de crianza y cuál es su origen?

Los estilos de crianza pueden entenderse como el conjunto relativamente estable de actitudes, comportamientos y formas de interacción que los padres o cuidadores utilizan para educar y relacionarse con sus hijos.

El concepto fue desarrollado especialmente a partir de los trabajos de Diana Baumrind y posteriormente ampliado por otros investigadores, como Eleanor Maccoby y John Martin. Una de las formas más utilizadas de clasificarlos considera dos dimensiones principales: el afecto o responsividad y el control o exigencia.

Esta clasificación resulta útil, pero conviene recordar que ninguna familia funciona de manera idéntica todos los días.

La crianza está atravesada por las características del niño, la edad, las circunstancias familiares, el contexto cultural, el estrés, los recursos disponibles y también por la propia historia de los padres.

Por eso, hablar de estilos de crianza no debería convertirse en una nueva forma de etiquetar a las familias como “buenas” o “malas”. Se trata de comprender qué dinámica se está construyendo dentro de esa familia y qué efectos puede estar teniendo sobre quienes la integran.

Las dos dimensiones clave: afecto y control

  • Responsividad o afecto: la capacidad de los adultos para mostrar sensibilidad, disponibilidad, escucha y calidez hacia el niño.
  • Exigencia o control: el establecimiento de normas, límites, supervisión y expectativas adecuadas a la edad.

Ambas dimensiones son necesarias. Un niño necesita sentirse querido, escuchado y protegido, pero también necesita encontrarse con límites que le permitan comprender que no todo deseo puede convertirse inmediatamente en una acción.

Del mismo modo, necesita normas, pero no una autoridad basada exclusivamente en el miedo.

Por eso, el equilibrio entre afecto y límites constituye uno de los elementos centrales de una crianza saludable. Los metaanálisis sobre estilos y dimensiones parentales muestran asociaciones relevantes entre las prácticas de crianza y distintos indicadores de ajuste y problemas de conducta en niños y adolescentes.

Clasificación de los cuatro estilos de crianza principales

A partir de la combinación entre afecto y control se suelen distinguir cuatro grandes estilos:

Estilo Afecto Control Rasgos principales
Democrático o autoritativo Alto Alto Escucha y diálogo, con límites y expectativas claras.
Autoritario Bajo Alto Normas incuestionables y obediencia como eje central.
Permisivo Alto Bajo Mucho afecto, pero límites escasos o inconsistentes.
Negligente Bajo Bajo Escasa disponibilidad emocional, supervisión y estructura.
EstiloDemocrático o autoritativo
AfectoAlto
ControlAlto
Rasgos principalesEscucha y diálogo, con límites y expectativas claras.
EstiloAutoritario
AfectoBajo
ControlAlto
Rasgos principalesNormas incuestionables y obediencia como eje central.
EstiloPermisivo
AfectoAlto
ControlBajo
Rasgos principalesMucho afecto, pero límites escasos o inconsistentes.
EstiloNegligente
AfectoBajo
ControlBajo
Rasgos principalesEscasa disponibilidad emocional, supervisión y estructura.

Estilo democrático o autoritativo

Combina un alto nivel de afecto con límites y expectativas claras.

Los padres escuchan al niño, tienen en cuenta sus necesidades y permiten que exprese sus opiniones, pero no renuncian a su función de adultos.

Esto es importante: escuchar a un niño no significa que el niño tenga que decidirlo todo. La autoridad parental no desaparece porque exista diálogo.

Por el contrario, una autoridad que puede escuchar, explicar y sostener un límite sin recurrir al maltrato puede ofrecer al niño un marco suficientemente seguro para desarrollar autonomía progresivamente.

Estilo autoritario

Existe un alto nivel de control y una menor disponibilidad para el diálogo. Las normas tienden a presentarse como incuestionables y la obediencia ocupa un lugar central.

Frases como “porque lo digo yo” pueden formar parte de este estilo, aunque hay una cuestión importante que merece ser diferenciada: que un padre tenga que decir “porque lo digo yo” no significa necesariamente que esté ejerciendo una crianza autoritaria.

Hay momentos del desarrollo en los que un niño necesita que el adulto asuma una función de autoridad porque todavía no dispone de las herramientas cognitivas necesarias para comprender determinadas explicaciones complejas.

La diferencia está en si esa autoridad constituye un marco protector o si se transforma en imposición, miedo y ausencia de diálogo.

Estilo permisivo

Existe un elevado nivel de afecto, pero los límites y las exigencias son escasos o inconsistentes.

En ocasiones, los padres evitan establecer normas porque temen frustrar al niño, generar un conflicto o sentirse “malos padres”.

Sin embargo, proteger a un niño de toda frustración también puede impedirle desarrollar progresivamente recursos para afrontarla.

Un niño necesita descubrir que algunas cosas no pueden hacerse, que otras deben esperar y que existen consecuencias naturales y sociales que no siempre puede controlar.

Estilo negligente

Se caracteriza por bajos niveles tanto de afecto como de supervisión o estructura.

Puede existir una presencia física de los adultos, pero una escasa disponibilidad emocional o implicación en las necesidades del niño.

Es el estilo que plantea mayores riesgos para el desarrollo y el bienestar infantil.

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La familia como primera escuela de la vida

Más allá de las clasificaciones, existe una cuestión fundamental: los niños no solamente aprenden lo que sus padres les dicen. Aprenden también de aquello que ven hacer a sus padres.

La familia constituye una primera arena de aprendizaje.

Allí el niño observa cómo dos adultos se hablan, cómo resuelven sus desacuerdos, cómo expresan el enfado, cómo se piden perdón, cómo se cuidan, cómo se distribuyen las responsabilidades y cómo reaccionan cuando algo no sale como esperaban.

Por eso existe una contradicción difícil de resolver cuando aparece el clásico “Haz lo que yo digo, pero no lo que yo hago”.

  • Si queremos enseñar a un niño que puede expresar su enfado sin insultar, pegar o romper cosas, también tendremos que revisar cómo expresamos nosotros nuestro propio enfado.
  • Si queremos que pueda hablar de sus emociones, tendremos que poder hablar de las nuestras.
  • Si queremos que aprenda a pedir perdón, tendrá que poder observar que los adultos también se equivocan y reparan.
  • Si queremos que aprenda que una discusión no significa que el vínculo haya terminado, no podemos convertir cada conflicto de pareja en una amenaza permanente de separación.

Esto no significa que los padres deban ser perfectos. Significa que también educamos cuando creemos que no estamos educando.

Un niño que observa de manera reiterada situaciones de violencia, descalificación o sometimiento puede llegar a incorporarlas como formas posibles —o incluso esperables— de relación.

Esto no significa que la infancia determine mecánicamente el futuro ni que toda persona que haya crecido en un ambiente disfuncional vaya a repetirlo. Significa que los modelos vinculares tempranos pueden convertirse en referencias desde las cuales posteriormente se comprenden y construyen las relaciones.

Por eso, cuando una familia consulta por problemas de conducta de un niño, no siempre resulta suficiente preguntarnos “¿Qué está haciendo el niño?”. También puede ser necesario preguntar: “¿Qué está aprendiendo el niño de lo que sucede a su alrededor?”

Lo que un niño puede comprender también depende de su desarrollo

Otro aspecto fundamental de la crianza es comprender que no podemos exigirle a un niño que razone como un adulto.

El desarrollo cognitivo no consiste simplemente en acumular información. Las formas de pensar y de comprender las relaciones entre acontecimientos también cambian con la edad.

Durante la etapa de las operaciones concretas, aproximadamente entre los 7 y los 11 años en el modelo clásico de Piaget, los niños desarrollan una mayor capacidad para utilizar reglas lógicas, pero estas operaciones se apoyan todavía fuertemente en situaciones concretas y observables. El pensamiento formal y la capacidad de razonar sobre hipótesis y conceptos abstractos aparecen progresivamente durante la adolescencia, y su desarrollo no ocurre de manera idéntica en todas las personas ni en todas las tareas.

Esto tiene consecuencias muy concretas para la crianza. Un niño de siete u ocho años puede comprender perfectamente:

  • “Si tocas eso, te puedes quemar.”
  • “Si pegas a tu compañero, le haces daño.”
  • “Los caramelos en exceso pueden hacerte sentir mal.”

Pero determinadas cadenas de consecuencias más alejadas en el tiempo pueden resultarle mucho más difíciles de representar. Por ejemplo:

“Si no estudias ahora, tendrás malas notas; si tienes malas notas, quizá no pases de curso; si no pasas de curso, perderás determinadas oportunidades; y dentro de unos años esto afectará a tu futuro.”

Un adulto puede construir mentalmente toda esa secuencia. Para un niño pequeño, esa representación puede superar sus recursos cognitivos actuales.

Por eso, a veces un padre termina diciendo: “¡Te lo expliqué veinte veces! ¿Por qué no me haces caso?”

Y quizá la pregunta no sea solamente si el niño escucha. También debemos preguntarnos: ¿puede realmente procesar y anticipar aquello que le estamos explicando?

La autoridad también tiene una función evolutiva

Aquí aparece una diferencia importante entre autoridad y autoritarismo.

La autoridad parental no debería entenderse únicamente como el poder de conseguir obediencia. También cumple una función de protección, organización y transmisión de normas.

Cuando un niño todavía no puede evaluar por sí mismo todas las consecuencias de una determinada conducta, el adulto tiene que asumir provisionalmente esa función:

  • “Ahora no.”
  • “No puedes cruzar solo.”
  • “No se pega.”
  • “No se insulta.”
  • “Esto no se toca.”
  • “Es hora de dormir.”

A veces el niño necesitará una explicación. Y otras veces necesitará simplemente que el adulto sostenga el límite.

Eso no significa renunciar al diálogo. Significa comprender que explicar no siempre equivale a que el niño pueda comprender del mismo modo que un adulto.

A medida que crece, la autoridad puede transformarse progresivamente en negociación, autonomía, responsabilidad y capacidad de autorregulación.

La finalidad del límite no es que el niño dependa para siempre de la autoridad de sus padres. Es que, poco a poco, pueda internalizar normas y desarrollar su propia capacidad para regularse.

El límite: una moneda de dos caras

Quizás una de las ideas más importantes para pensar la crianza sea esta: el límite es una moneda de dos caras.

De un lado está la norma: “No se pega.” “No se grita.” “No se insulta.” “No se maltrata.” Pero del otro lado está la contención.

  • El límite le dice al niño qué no puede hacer.
  • La contención le dice qué puede hacer con aquello que siente.

Por ejemplo, un niño puede estar enfadado con su hermano. El adulto puede decir: “Puedes estar enfadado. No puedes pegarle.”

Aquí no se está negando la emoción. Se está poniendo un límite a la conducta. Y esto abre una tercera posibilidad: “Ven, cuéntame qué pasó.”

La norma y la escucha pueden coexistir.

Esto resulta especialmente importante cuando el niño se encuentra fuera de casa con situaciones que todavía no sabe cómo manejar. Imaginemos a un niño que ha aprendido: “No se pega. No se insulta. No se maltrata a los demás.”

Un día vuelve del colegio y dice: “Me han pegado.” ¿Qué debería ocurrir? Que pueda acudir precisamente a ese adulto que le enseñó que pegar está mal.

El límite construye también un lugar al que regresar.

La autoridad no debería ser solamente aquello que aparece para sancionar cuando el niño se equivoca. También puede ser aquello que le permite saber: “Si me pasa algo, puedo venir a contártelo.”

Crianza positiva no significa ausencia de autoridad

En los últimos años se ha extendido la idea de crianza positiva, respetuosa o consciente.

Estas perspectivas han aportado elementos muy valiosos: la importancia del vínculo, la validación emocional, el respeto por el desarrollo infantil y la búsqueda de alternativas al castigo humillante o violento.

Pero existe un riesgo cuando estos conceptos se interpretan como si respetar al niño significara evitar cualquier frustración o cualquier límite.

Un niño necesita afecto y necesita autoridad.

  • Necesita poder expresar “Estoy enfadado”, pero no necesita poder pegar porque está enfadado.
  • Necesita poder decir “No quiero irme del parque”, pero eso no significa que siempre pueda decidir cuándo termina el paseo.
  • Necesita sentirse escuchado, pero no necesita ocupar el lugar de quien establece todas las normas de la familia.

La crianza respetuosa no consiste en que el adulto renuncie a ser adulto. Consiste en ejercer esa función sin humillar, intimidar o maltratar.

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El peligro del “padre helicóptero”

La preocupación por el bienestar de los hijos puede llevar, en ocasiones, hacia el extremo contrario: la sobreprotección.

Los llamados “padres helicóptero” intentan anticiparse a cada dificultad, resolver los conflictos antes de que el niño tenga oportunidad de afrontarlos o intervenir constantemente para evitarle cualquier frustración.

Pero si un adulto resuelve sistemáticamente los problemas de un niño, puede transmitirle también un mensaje: “Tú no puedes hacerlo solo.”

La autonomía necesita oportunidades. Un niño necesita experimentar pequeñas frustraciones, equivocarse, esperar, reparar y volver a intentar; así también se construye su autoestima.

La función del adulto no es eliminar todos los obstáculos. Es ofrecer un marco suficientemente seguro para que el niño pueda ir encontrándose progresivamente con ellos.

Ejemplos en la vida cotidiana

“No quiero hacer los deberes”

  • Una respuesta autoritaria podría ser: “Porque lo digo yo y punto.”
  • Una respuesta excesivamente permisiva: “Bueno, si no quieres, no los hagas.”
  • Una respuesta respetuosa y con límites podría ser: “Entiendo que estés cansado y que prefieras seguir jugando. Aun así, los deberes hay que hacerlos. Vamos a ver cómo organizamos el tiempo para que puedas terminar y después tengas un rato para jugar.”

No se elimina la frustración. Se acompaña al niño a atravesarla.

“Quiero comer todos los caramelos”

El objetivo no es conseguir que el niño esté de acuerdo con el límite. Probablemente protestará. La tarea del adulto puede ser sostenerlo:

“Sé que quieres más. Puedes enfadarte. Pero no vas a comer más caramelos ahora.”

El niño puede estar molesto. Y el adulto puede tolerar que el niño esté molesto sin interpretar esa emoción como un fracaso de la crianza.

“Mi compañero me pegó”

Aquí aparece nuevamente la doble cara del límite.

El niño que ha aprendido que no se pega también debe haber aprendido que puede contarle a un adulto cuando alguien lo ha golpeado, algo especialmente importante ante situaciones de acoso escolar.

La comunicación familiar se fortalece cuando el límite no convierte al adulto en un juez al que se teme, sino en una figura a la que se puede acudir.

La crianza también implica revisar a los adultos

A veces una familia consulta buscando una técnica para modificar la conducta de su hijo. Y en determinadas situaciones, esa herramienta puede ser útil.

Pero hay ocasiones en las que el problema no se encuentra exclusivamente en la conducta del niño. Puede encontrarse en la dinámica familiar:

  • En cómo se hablan los padres.
  • En cómo gestionan sus propios conflictos.
  • En cuánto toleran la frustración.
  • En qué esperan de su hijo.
  • En qué lugar ocupa ese niño dentro de la relación de pareja.
  • En qué temores se ponen en juego cuando el niño llora, protesta o se enfada.

Por eso, acompañar a una familia no consiste únicamente en enseñar a los padres “qué hacer” con sus hijos. También puede implicar ayudarlos a pensar qué está sucediendo entre todos, como se trabaja, por ejemplo, en la terapia familiar sistémica.

Orientación a padres y acompañamiento familiar

La orientación a padres es un recurso especialmente útil cuando aparecen dificultades relacionadas con los límites, la comunicación, los conflictos familiares o determinadas conductas de los hijos. Suele formar parte del trabajo en psicología de la niñez y la adolescencia.

La orientación no busca entregar una receta universal de crianza. Cada niño, cada padre, cada madre y cada familia tienen una historia y unas circunstancias particulares.

El objetivo es poder comprender qué está sucediendo, revisar las respuestas de los adultos, adaptar las expectativas al momento evolutivo del niño y construir formas de relación que permitan sostener simultáneamente el vínculo, la autoridad y el desarrollo de la autonomía.

Si quieres profundizar en otros temas relacionados, puedes consultar nuestra sección de niñez y adolescencia o conocer los distintos tipos de terapia.

Porque criar no consiste en conseguir que un niño obedezca siempre. Consiste en acompañarlo mientras aprende, poco a poco, a hacer consigo mismo aquello que inicialmente necesitamos hacer por él: regularse, esperar, tolerar la frustración, expresar lo que siente, reparar cuando se equivoca y relacionarse con los demás.

Referencias

  1. Baumrind, D. (1966). Effects of authoritative parental control on child behavior. Child Development, 37(4), 887–907. https://doi.org/10.2307/1126611
  2. Maccoby, E. E., y Martin, J. A. (1983). Socialization in the context of the family: Parent-child interaction. En P. H. Mussen (Ed. de la serie) y E. M. Hetherington (Ed. del vol.), Handbook of Child Psychology: Vol. 4. Socialization, personality, and social development (4.ª ed., pp. 1–101). Wiley.
  3. Pinquart, M. (2017). Associations of parenting dimensions and styles with externalizing problems of children and adolescents: An updated meta-analysis. Developmental Psychology, 53(5), 873–932. https://doi.org/10.1037/dev0000295
  4. García, O. F., Fuentes, M. C., Gracia, E., Serra, E., y García, F. (2020). Parenting warmth and strictness across three generations: Parenting styles and psychosocial adjustment. International Journal of Environmental Research and Public Health, 17(20), 7487. https://doi.org/10.3390/ijerph17207487
  5. Piaget, J., e Inhelder, B. (1972). The Psychology of the Child. Basic Books.
  6. National Research Council. (1984). Development During Middle Childhood: The Years From Six to Twelve. National Academies Press. https://doi.org/10.17226/56
  7. American Psychological Association. (2002). Developing adolescents: A reference for professionals. APA.

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